miércoles, 14 de junio de 2017

El calor del frìo daba directo en los dedos pero igual siguiò caminando envuelta en esa neblina mohosa y contaminada. Casi estornuda. Pasa por un kiosko, mira la hora, y sabe que ya es tarde para tocar timbres. En sì, aunque en el momento de la caminata fuera tres horas màs temprano, serìa tardìsimo igual. Las puertas no se abrirìan. Lo intuìa. Ese dìa en particular le corresponde a la  voz de quien no està y ella estarìa de màs. O de adorno. O para cocinar, pero no.

Se dio cuenta que  la agendita nueva se habìa convertido en un dispensario de hojas destinadas a dejar notas en casas ajenas por donde siempre se quedaba: casas terrazas, departamentos vidriados y muy iluminados, piso 14 y el pànico del ascensor entonces mejor escalera, pensiones a escondidas o estirar tiempo en plazas, galerìas, bares o cines.
Ya daba casi lo mismo.

A nadie le interesaba ir al cine, y supuso que nadie conocìa al director. No se explicaba esas faltas. Quizàs el problema era que nadie querìa estar con ella.
Llorò.
Se odiò.


Y surgieron respuestas a las ausencias.

Se sentò mirando el cartel, hizo la rutina diaria de los fines de semana, escribiò una carta, la quemò,
apuntò notas a tìtulo de "Todo Incluìdo", te pensò y se fue.

Era domingo, el dìa en el que si nadie te quiere y te aburrìs un poco se planifica el suicidio, aunque estadìsticamente los mièrcoles tienen el ìndice ganador.
Esa era la charla planificada que pensaba utilizar como tema disparador de socializaciòn.  La del nuevo referéndum puertorriqueño serìa demasiado.

Pero como nadie la esperaba en ningùn lugar, volviò a su casa, se abrazò al Libro, y se durmiò.

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